El Amor Vuelve al Centro

Esta semana les quiero contar de una boda civil en el centro de Tegucigalpa. Es una historia importante, porque quiero resaltar las bellezas que tenemos en nuestro país. Quiero que los hondureños se sientan orgullosos de vivir en esta ciudad, y que celebren las cosas que definen su identidad. Sigue leyendo para conocer los detalles…

 Cada boda refleja el estilo de su novia. Para una boda civil reciente, el diseño partió de este deseo. No queríamos que se pareciera a la boda eclesiástica (en casa, un coctel de pie) entonces nos soñamos una cena elegante, formal, divina, solo entre familia y amigos íntimos. Ya teníamos el color, ya teníamos una idea del estilo…el reto era encontrar la ubicación perfecta.

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Dimos vueltas, tocamos puertas, conocimos cien mil diferentes salas de eventos –o por lo menos así se sentía después del tercer o cuarto local. Ningún lugar se aproximaba a nuestras expectativas. No se trataba de sillas, o de mesas, o de la amplitud del estacionamiento. Buscábamos algo, algo, algo…algo diferente.

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Lo gracioso es que terminamos en lo mismo: volvimos al centro. Allí donde poco cambia y mucho sucede, edificios que por años han albergado a los capitalinos, casas de cultura, parques amplios, un paseo. Decidimos quedarnos allí. La madre de la novia, la novia, la madre de la wedding planner y la wedding planner todas estaban de acuerdo: el Museo para la Identidad Nacional.

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En otras ocasiones, había organizado eventos allí, pero para la boda civil, me imaginaba algo completamente diferente. El siguiente reto: como readecuar el espacio para una cena formal y una fiesta alegre.

No podía ser de otra manera. Ese espacio histórico lo ameritaba. Sus pasillos, llenos de memorias (mías, tuyas, de tus padres y sus madres) y ahora una memoria nueva se incorporaba: la unión matrimonial de una novia y un novio, una pareja enamoradísima, felices, ansiosos por comenzar su vida juntos.

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Otro reto: ¿por dónde entrarían los invitados? Pasar por el espacio de la cena para luego llegar a la ceremonia, regresar a la cena, ¿y después a la fiesta? Se nos ocurrió rediseñar el acceso de servicio para que sirviera como la entrada principal a la boda–¿quién dice que la historia no se puede re-escribir con una pluma diferente?

Nos inspiramos en la puerta antigua para recrear la entrada. Esa puerta se abría a un espacio mágico, lleno de patrimonio, historia, cultura, memorias. Solo le faltaba un poco de maquillaje: unas gradas, el mosaico parecido al original del edificio, telones rojos, ¡bienvenidos!

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No era una boda llena de canopies y arcos. Entrabas por las puertas antiguas y te recibía el vals de un conjunto de violines hondureños. Después de la ceremonia civil, los invitados se movieron al patio interior del museo. Allí fue la cena, todos sentados entre los arreglos de flores, en mesas de espejo, sillas acrílicas, todas las rosas imaginables, alfombra, velas.

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Un cuarto pequeño, escondido de la vista, tal vez fue bodega en otra época, lo forramos de plantas verdes, espejos de la casa de la novia, chandeliers y en el centro una mesa de postres de chocolate. Todo chocolate.

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Y después del cuarto de chocolate, te movías a la fiesta de cierre, donde había sido la ceremonia (el hada de la boda civil había transformado el espacio mientras todos cenaban). Un DJ, tacos de La Truckeria, un museo vibrante, vivo con música y energía.

Estos son detalles que resumían la noche, pequeñas partes del contexto. Cuando los novios recuerden esa noche, recordarán la entrada con su alfombra roja, las rosas, la cena, un cuarto de chocolate, el abrazo de sus amigos más cercanos. Y cuando les cuenten la historia a sus hijos, y sus hijos les cuenten la historia a sus hijos, cobrará vida, crecerá, vivirá para siempre.

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Hay un encanto en esos lugares llenos de historia. Si bien gozan de techados de tejas, cielos altos, pisos en mosaico, puertas antiguas, el verdadero encanto es el de volver a una memoria acumulada, volver a una identidad que nos pertenece a todos y nos enorgullece, volver, una y otra vez, para siempre, a las historias de amor que dejan su huella.

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Fotografía: Daniel Mendoza

Comentarios (1)
  1. Lucia Duron 7 septiembre, 2017 at 4:46 pm

    No hay palabras, entre las fotos y el relato, cuanto amor a tu trabajo y al Centro! Bello post, de mis favoritos!!

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